LO QUE YO ENTIENDO POR AMOR

 

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Cuando era (muy) pequeña me enamoré de un niño de mi pueblo. Creo que a día de hoy podría decir que fue el amor más puro y real que he sentido en mi vida. Él vivía en Madrid y yo en Coruña, así que sólo le veía los 15 días de Agosto que pasaba con mi familia allí. Apenas hablábamos, pero cada palabra o mirada que cruzábamos, se me quedaba grabada a fuego y podía reproducirlas a la perfección en mi cabeza durante el resto del año, lamentándome de no haberle dado otra respuesta o imaginando que le veía y le decía que se casase conmigo – sí, sí, hasta esos extremos de enamoramiento llegó aquel dulce muchacho. Me habría vestido de blanco con cinco años si él me lo hubiese pedido; creo que hasta el día de hoy ha sido la única persona que ha conseguido que yo haya llegado a pensar en boda. Hasta ahí llegaba mi amor.

Con el paso de los años, cuando ya estábamos en la universidad y cada uno tenía su vida, le confesé que había sido mi primer amor y él me dijo que yo también le había gustado – a ver, era el popular y tenía muchas pretendientas, así que creo que su amor hacia mí no llegaba al mismo extremo, para ser sinceros. Tengo la impresión de que yo a él le “molaba” y eso está a años luz de mi amor hacia él, pero bastó para darme cuenta que lo mejor cuando alguien te gusta es decírselo, con naturalidad y sin esperar que siempre sea correspondido, pero no quedarte nunca con eso dentro.

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Y tras ese primer amor, sincero y puro, llegó la edad del pavo, las hormonas revolucionadas y los primeros besos y entonces me enamoré de un niño de mi colegio, mayor que yo, por el que sufrí dolorosamente durante más de dos años en los que me resultaba imposible fijarme en otra persona. A diferencia de ese primer amor, éste dolía mucho, no sé explicaros; con él me centré más en la pena y el tormento, porque con él sufría. No era bonito visto desde la distancia, pero para mí cada lágrima merecía la pena – así de tontunos nos volvemos en la adolescencia y quien diga que ésto no le ha pasado, miente – y la felicidad era absoluta cuando me cruzaba con él de camino al autobús, me sonreía y me decía “hola”. Lo que para él sería un simple saludo, para mí era el momento más importante del día; dependiendo de la sonrisa pensaba que le gustaba, que era tonto o que le quería matar por no ser mi novio… ¡Y así durante dos años! Y llegó el verano y me crucé con él un día de la mano con una chica, feliz y con ojitos de enamorado, y decidí que mi vida no podía seguir así – a veces los adolescentes también tienen su punto de racionalidad – y felizmente decidí que lo mejor para gestionar el mal de amores era que me gustasen varios a la vez, aunque de esa época debo decir que ninguno llegó a mi corazoncito. Los amores adolescentes marcan el resto de tu vida, de eso estoy convencida y este niño mayor de mi cole me hizo entender que a veces no es bueno estar tan enamorada, porque una – por lo menos yo – se vuelve rotundamente gilipollas.

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Y entonces llegó la época de la (supuesta) madurez y ahí me dejó de resultar fácil eso de enamorarme. En este punto he comprendido que los amores que duelen y que te hacen sufrir, como que no los veo. No creo eso de quien te quiere te hará llorar, a mí eso me parece una tremenda tontería, así que si no estás bien con alguien, mejor sola; en esta época debo decir que creo que me han marcado más amores cortos que largos (con una única excepción), posiblemente porque no se ha dado la opción de sufrir demasiado con ellos y siempre te dejan un buen sabor de boca. Seguramente quizás denote un poco de inmadurez mi visión sobre el amor en esta época en la que se supone que ya debería estar planteándome cosas más serias, pero así lo siento y así os lo expreso.

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Para mí es realmente complicado encontrar el amor verdadero, o que coincidas con él en el tiempo y las circunstancias para que se pueda dar una historia bonita, pero una vez lo consigues, creo que puede ser realmente maravilloso, porque aunque seguramente algunas veces duela, te haga sufrir o sientas dudas – ojo, siempre con un límite dentro de lo normal, que no todo van a ser mariposas en el estómago y eso lo asumo – siempre hay algo que supera todo eso y es la complicidad de estar con alguien e imaginar tus últimos días con esa persona, cogidos de la mano y recordando todo lo bonito que has vivido con ella. Si llegas a ese punto, te doy mi más sincera enhorabuena, porque reconozco que la vida es mucho más feliz cuando se está enamorado de alguien y cuando compartes tu alegría con la persona que has escogido compartirlo todo.

No os cerréis al amor jamás, pero que eso nunca signifique que soportéis cualquier cosa por estar con alguien, porque como todo en esta vida, el amor también tiene límites y están en que nunca dejes de ser tú mism@.

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