ASÍ VEO YO MALASAÑA: SUS PROS Y SUS CONTRAS

Calle del Pez, barrio de Malasaña

El próximo mes hará cinco años que me vine a vivir a Malasaña. Supe que me quedaría en este barrio tras haber visto varios pisos y sentarme a tomar una caña en una de las terrazas de la plaza de San Ildefonso (sí, por aquel entonces no solo había viviendas en alquiler, también tenían precios más o menos asequibles para un bolsillo modesto) . Hacía uno de esos días primaverales en los que no había demasiada gente por la calle, pero sí la suficiente como para saber que en esta zona de Madrid se respiraba vida.

Mis primeros paseos por el barrio me hicieron descubrir rincones, tiendas y un ambiente con mucha magia que fue el que provocó la creación de este blog. Admiraba el hecho de que en pleno centro de una gran ciudad se pudiese encontrar la mezcla perfecta entre lo tradicional y lo más actual, todo ello en unas callejuelas con encanto que te hacían vivir en un pueblecito a escasos pasos de la Gran Vía. Esto, para una persona que viene de una pequeña (gran) ciudad como A Coruña, era la combinación perfecta para enamorarse de Malasaña.

Por las mañanas de lunes a jueves, me encantaba salir a la calle con mi bolsa de la compra e ir a la frutería, a la zapatería, saludar al vecino que toma el café en una terracita todos los días a la misma hora, ver tiendas con ropa distinta a la que las grandes multinacionales nos tienen habituados o (días excepcionales) coger comida en algún restaurante que ofrecía sabores diferentes a los que había probado hasta entonces. Para mí, las mañanas eran el momento perfecto para vivir el barrio tal y como yo me enamoré de él. 

A pesar de que muchos vecinos de esos que han vivido en Malasaña generación tras generación me decían que el barrio de entonces (2012) ya se había modernizado y había perdido esa esencia de décadas pasadas, yo no podía negar que disfrutaba paseando y viendo que justo al lado de una ferretería abría una tienda vintage o una peluquería diferente a lo que yo estaba habituada.

Por las noches o fines de semana, era otro cantar; cuando eres vecino de un barrio en el que el ocio nocturno es una de las principales atracciones, te resignas a pensar que el ruido es un peaje que tienes que pagar, así que aunque a veces me resultaba de lo más molesto, no tendía a quejarme demasiado porque si no quieres ruido, mejor vete a vivir a la sierra o a una zona más residencial.

Pero como en todo amor, una vez pasada la fase de enamoramiento, llega la fase de darte de bruces con la realidad y asumir que no todo es bonito y perfecto y entonces es cuando llega eso de “en toda relación de pareja hay que aprender a ceder” y ahí comienza esa etapa en la que empiezas a poner peros a las situaciones que te molestan. Tal vez en esa me encuentro yo ahora, que aunque sigo queriendo a Malasaña, hay cosas de ella que creo que debería pararse a pensar y reflexionar.

Nunca me gustaron las terminologías que definen el barrio y se ponen de moda; primero le tocó el turno a lo “hipster” y ahora que ya está demodé, ha llegado la temida “gentrificación”. No diré que me he desenamorado de Malasaña, ni que quiera dejarla, pero sí que debemos de tener una charla seria:

Para que una ciudad tenga magia y conserve su esencia, es imprescindible cuidar aquellas cosas que son su seña de identidad, empezando por sus vecinos; es maravilloso que el turismo venga a visitar una ciudad, que se enamore de sus rincones y que quieran volver una y otra vez, pero en mi opinión eso no puede ser una prioridad: no se puede abusar del vecino subiéndole los precios del alquiler a cifras opresivas que no se pueden permitir y que les obligan a dejar sus viviendas para convertirlas en apartamentos turísticos de pago por días. No se puede presionar a quien con mucho esfuerzo ha montado su propio negocio en un local del centro para que una cadena de comida rápida pague el doble al mes, porque señores, eso es pan para hoy, hambre para mañana. Si dejamos que un barrio pierda a sus vecinos para sustituirles por visitantes temporales, que beban cafés o tomen comida prefabricada, o que sus tiendas echen el cierre ahogados por las deudas, barrios como Malasaña dejarán de ser zonas con encanto dentro de una ciudad cosmopolita para convertirse en lo más parecido que hay a un centro comercial de las afueras de la ciudad, lo que provocará a la larga que pierda esa magia y esa esencia que hace que cada día reciba a cientos de visitantes.

Cuidar a los vecinos de un barrio como este no significa que no puedan abrir tiendas bonitas o restaurantes exóticos, pero cuando vives en un barrio como Malasaña (que no es lo mismo que pasar aquí unos días antes de volver a tu ciudad), necesitas arreglar los bajos de un vestido en una modista de confianza, poder decir en una tienda “anótalo en mi cuenta” cuando necesitas llevarte algo y se te ha olvidado la cartera en casa, sentarte a tomar un café y que el camarero ya sepa que lo tomas en vaso y con una tostada con aceite o tomarte una ración de bravas mientras tu vecino te cuenta que ayer se le atascó el fregadero y tuvo que llamar al fontanero de la calle de al lado y que menos mal que todavía estaba en su local porque si no se quedaba todo el fin de semana con la avería.

Cuando eres vecino, quieres sentirte en tu casa, conocer a la mayoría de las personas que te cruzas en la escalera, poder llamar a la puerta de al lado y pedirle un poco de sal porque se te ha acabado y estás preparando la comida o bajar a la calle y que te puedas sentar en la plaza a que te dé un poco el sol sin tener que esquivar cientos de latas de cerveza donde se supone que los vecinos más pequeños disponen de su espacio para jugar.

A los vecinos también nos gusta que abran lugares con encanto, especiales y únicos y que se entremezclen con los locales de toda la vida, esos que cuando paseas con alguien que ya peina canas te dice “mira, ahí es donde venía yo de joven a tomarme una caña después del trabajo”; lo tradicional y lo moderno pueden coexistir y convivir, haciendo de Malasaña ese barrio maravilloso del que yo me enamoré.

En estos cinco años en Madrid, que ya veis que no es demasiado tiempo, he notado un cambio grande en el barrio y mal que me pese, no ha sido para mejor, pero creo que todavía estamos a tiempo de cambiarlo. Ojalá podamos seguir viendo en las ventanas carteles de “se alquila” y gente que llegue para quedarse, que podamos seguir dando vida y forma a Malasaña, que no pierda su esencia y que cada día los negocios de los vecinos sigan abriendo sus verjas para continuar siendo un lugar de referencia cuando visitas la capital o cuando decides venir de otros barrios al centro para pasar una mañana o una tarde.

Creo que Malasaña se ha esforzado mucho a lo largo de las décadas – cada una de ellas con su encanto – para llegar a tener una identidad como la que tiene. Dejarse llevar a veces es una salida cómoda, atractiva y fácil, y podemos cargarnos todo lo que hemos conseguido de un plumazo. Dediquémosle tiempo, reflexionemos sobre lo que podemos hacer cada uno de nosotros de forma individual y de manera colectiva y tratemos de mantener lo que hace de Malasaña esta zona tan especial: su gente y sus negocios. No dejemos que pierda su brillo, sería una cagada monumental, no lo puedo expresar de otra manera. 

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Un comentario en “ASÍ VEO YO MALASAÑA: SUS PROS Y SUS CONTRAS

  1. La de zapatos que me han comprado de niña y he comprado ya de mayor en la zapatería de la foto de tu post…He vivido más de media vida en la calle del Barco y sé muy bien de lo que hablas.

    Cuando veo lo que ha cambiado todo me apena. Entiendo que todo evoluciona. Pero me apena y me entra la nostalgia.

    Me ha gustado mucho tu post. Y que a pesar de tan sólo llevar unos años en Madrid, en Malasaña, te sientas tan de aquí. Eso también me ha gustado.

    Ahora vivo en Málaga pero cada vez que vuelvo al barrio lo veo más cambiado. Poco queda de lo que fue…

    Enhorabuena por tu post.

    Un abrazo.

    Paloma

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