PUNTO Y APARTE: MI RELACIÓN CON LAS REDES SOCIALES

Este blog nació, entre otras cosas, porque me gusta escribir. Las redes sociales me parecieron el siguiente paso para poder llegar a más gente y debo decir que me han ayudado mucho, no solo con el blog, sino también porque se han convertido en una parte muy importante de mi trabajo. Quizás sea por ello que las veo de una manera diferente a la que las ven las personas que únicamente las utilizan para uso personal.

Debo decir que su uso ha cambiado mucho desde que yo empecé a utilizarlas. Yo adoraba la época del Fotolog, en la que el egocentrismo y el número de seguidores todavía no resultaban importantes. Me da la sensación que de un tiempo a esta parte, hay personas que le dan más importancia a la vida virtual que a la real y lo único que tengo claro – aunque juegue un poco en contra de este blog – es que yo no quiero formar parte de esto.

Por supuesto, continuaré compartiendo en mis redes el contenido que publique en este pequeño rincón, pero este nuevo curso le daré más importancia a publicar artículos de calidad – aunque sean en menor cantidad – que a compartir contenido en Facebook, Twitter o Instagram.

Facebook me parece que está muriendo, creo que porque ellos mismos se lo han buscado limitando tanto la visibilidad de las páginas; a mí personalmente me ha desmotivado mucho ver como poco a poco mis publicaciones cada vez llegaban a menos seguidores. Era mi red social preferida, pero fui dejando de darle importancia porque sentía que era trabajar en balde. Twitter ha pasado a ser mi red preferida, posiblemente porque me gusta que es a tiempo real, rápida e ingeniosa, pero reconozco que la utilizo más para informarme de temas que realmente me interesan, sin centrarme únicamente en Malasaña; y de Instagram, qué queréis que os diga, en realidad me la abrí porque así me lo sugirieron varias agencias de comunicación, pero apenas le doy utilidad porque me parece una lucha de egos, de autopromoción y de búsqueda absoluta de alcanzar seguidores en base a políticas que me espantan, lo que hace que sea la red social que menos me gusta utilizar. Es muy probable que vosotros no tengáis la misma visión que yo, ya que yo no puedo dejar de verlas desde el punto de vista profesional, pero me da mucha pena ver cómo han perdido esa inocencia con la que nacieron, en la que todavía no existían los haters, los influencers ni mamarrachadas varias.

A pesar de todo esto, les veo su parte positiva porque me parecen la mejor manera que existe hoy en día para llegar a los seguidores de este blog, me gustan porque puedo interactuar con vosotros a través de los comentarios y porque muchas veces a través de ellas me surgen ideas para futuros artículos. Para mí es como una mirilla al mundo desde la que puedo ver qué cosas interesan y cuáles no, ¿pero sabéis algo? no siempre me interesa lo que le interesa a la gran mayoría, me doy cuenta de ello porque veo las redes sociales de gente que se supone es influyente y me aburren muchísimo, me parecen todas iguales, en las que prima vivir una vidas que parecen perfectas y tremendamente irreales. Quizás cuando esta tendencia cambie, les vuelva a dar una oportunidad.

Hace ya algunos meses que dejé de dedicarles tantas horas y reconozco que he ganado en calidad de vida. Me he dado cuenta de que lo mejor es dedicarles el tiempo que realmente se merecen y que para compartir contenido de calidad, lo importante es vivir experiencias. Desde entonces he vuelto a leer al ritmo que lo hacía antes, a ver películas, series o documentales sin estar pendiente de las notificaciones del móvil, a bajar a pasear sin el teléfono en el bolso y disfrutar de imágenes que no es imprescindible que cuelgue con un filtro bonito en ningún espacio virtual.

Las redes sociales son beneficiosas para muchas cosas, pero creo que el uso excesivo de ellas nos convierte en personas tristes porque dejamos de vivir nuestro propio camino para tratar de disfrutar desde el sofá, el metro, el trabajo o la taza del water de las vidas de personas a las que ni siquiera conocemos. La influencia antes era otra cosa y no me llaméis antigua y poco adaptada a los nuevos tiempos, pero era mucho mejor admirar a alguien que hacía algo por el mundo que a una persona que se prueba ropa y etiqueta a las marcas en una fotografía de calidad cuestionable y filtros por doquier.

Para mí, el mejor filtro que existe es el salir a la calle y sentirse libre, sin necesidad de aprobación por parte de nadie y he aprendido que la justa medida de las cosas es lo importante para disfrutarlas. Una pantalla jamás debería quitarnos la libertad: es maravilloso exponer momentos felices, opiniones, sugerencias, que nos ayuden a inspirarnos, pero con límites y encontrar ese límite, es parte del secreto de la felicidad.

Me gusta más mi blog que mis redes sociales. Me gusta más leer en hojas de papel que en una pantalla. Me gusta haber vivido una vida en la que lo importante era tener amigos y no seguidores. Me gusta seguir pensando que eso es lo importante. Me gusta disfrutar de una mirada y una sonrisa en la calle más que de un like en una aplicación para ligar. Me gusta seguir teniendo un diario al que no le engaño si estoy triste más que una foto con filtros y hashtags imposibles. Me gusta seguir rodeándome de personas que no sacan el móvil del bolsillo cuando estamos dando un paseo. Me gusta que mis fines de semana son más largos desde que he aprendido a desconectar y a dejar el móvil en casa para vivir esas cosas de las que luego me gusta escribir.

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