MI EXPERIENCIA EN EL “IV CERTAMEN DE RELATOS YK ACCESORIOS”

El viernes pasado se celebró La Noche de los Libros y, entre todos los eventos y actividades que se habían organizado, yo fui a la resolución del IV Certamen de Relatos YK Accesorios, organizado por el escritor Juan Manuel Sánchez.

Me presenté en el último momento porque la idea me encantó: escribe un relato en un máximo de 50 palabras (título incluido) que además incorpore la expresión “por encima de la rodilla”.  Y este fue mi resultado:

Ni todos los mojitos del mundo

Y allí, delante de mi segunda copa, pasada la medianoche y tendida en el suelo de nuestro salón vestida con ese camisón negro que me queda por encima de la rodilla, entendí que ni todos los mojitos del mundo lograrían que pudiese olvidar(te).

Adriana F. Alcol

No gané – aquí podéis leer el relato ganador – pero me encantó la experiencia porque por primera vez me puse delante de desconocidos a leer algo que yo misma había escrito. Un pequeñísimo paso para muchos, uno enorme para mí.

Desde este pequeño rinconcito virtual quería agradecer que se organicen cosas así de bonitas a Juan Manuel Sánchez, a YK accesorios – una tienda preciosa que encontraréis en Corredera Baja de San Pablo nº 34 de ropa y complementos hechos a mano – y a todos los participantes, porque siempre es un placer descubrir cómo en tan pocas líneas se pueden contar historias verdaderamente maravillosas.

(Fotografías: Juan Manuel Sánchez)

 

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MICRORRELATO: CARTA DE DESPEDIDA EN SAN VALENTÍN

Este relato es del día en el que el corazón se me rompió en mil pedazos. Lo publico el día de San Valentín porque así celebro yo que incluso los pedazos más chiquitos se pueden recomponer. Espero que os guste.  💕

Ya lo he recogido todo. Parece mentira que después de cuatro años en esta casa toda mi vida quepa en cinco cajas y dos maletas. He dejado gran parte de mi ropa en el armario, puedes hacer con ella lo que quieras. Necesito desprenderme de todo lo que me recuerde a ti. Le he pedido al camión de la mudanza que venga temprano. No quiero cruzarme con nadie, no tengo fuerzas ni ánimos para explicar que me voy, que llegué a esta ciudad por amor y que me voy por amor propio.

Ahora veo el salón medio vacío. Me recuerda a la primera vez que llegamos aquí, cuando tú fruncías el ceño y no le veías muchas posibilidades a esta casa, que tenía las paredes pintadas de un color amarillo desgastado que parecía sucio y propio de un ex inquilino fumador. Yo solo veía unos enormes ventanales que daban a una calle soleada y a unos balcones llenos de geranios. Te bastó mi sonrisa y contarte que con una mano de pintura blanca y algunos detalles podía quedar muy acogedora para que decidieses que nos la quedábamos. Esa misma semana ya estábamos viviendo en una nueva ciudad en la que nos bastaba sentarnos en la plaza y beber una lata de cerveza para ser felices.

¿Qué nos ha pasado? Dime, ¿cuándo dejaste de quererme?

Entro en la habitación y pienso que tarde o temprano, en el lado derecho de la que ha sido nuestra cama durante tanto tiempo, habrá otra persona que apoye la cabeza en mi almohada, que se tape con mis sábanas y que te abrace.

¿Tardarás mucho en olvidarme por completo? ¿Me echarás de menos esta noche? Recuerdo cuando sonaba el despertador cada mañana y mientras estirábamos los minutos un poco más antes de levantarnos, me contabas todas las cosas que te decía en sueños. Eran conversaciones sin sentido, pero a ti siempre te hacían mucha gracia y me decías que a veces resultaba más simpática dormida que despierta.

Todavía estás a tiempo. Llámame. Dime que me quede.

Entro en el baño por última vez. Me miro en el espejo. Dios mío, estoy tan demacrada. En las estanterías todavía quedan algunas de mis cosas, ¿qué harás con ellas? Quiero pensar que me echarás de menos y que algún día abrirás el bote de crema y lo olerás, que te recordará a mi y te arrepentirás de que ya no esté aquí. Y si eso sucede, ¿qué estaré haciendo yo entonces?

Miro el reloj. En diez minutos habrá llegado el camión de la mudanza.

Voy a la cocina a beber un vaso de agua. Apenas hay comida en la nevera y hay platos sucios en el fregadero. Me imagino que hoy cenarás fuera de casa, que habrás quedado con alguien después de trabajar para estirar la noche y volver a casa tarde. No querrás ver que mis cinco cajas y dos maletas ya no están. Te acostarás sin encender las luces. Mañana será otro día. ¿De verdad esto es lo que quieres? ¿Ya no hay vuelta atrás?

Te has ofrecido a quedarte y ayudarme a bajarlo todo. Te he dicho que no, no podría soportarlo. Hace tiempo que ya no me miras a los ojos y cuando lo haces, tu mirada ya no es la misma. Está vacía, sin alma, sin vida. Me cuesta reconocerte, casi tanto como lo que me cuesta reconocerme a mi frente al espejo. Saco del bolso el llavero y comienzo a sacar las llaves una a una. Te las dejaré en el platito de la entrada y en cuanto termine la mudanza, cerraré la puerta de golpe. Exactamente como lo has hecho tú conmigo.

Me asomo a la ventana por última vez. Ya veo una pequeña furgoneta de mudanzas doblando la esquina. Imagino que será la mía porque les he explicado que no me llevaré muebles, ni una cama, ni una nevera. Creo que ya ha llegado la hora.

Espero poder dejar de quererte algún día. Dime que podré, por favor. Dime que volveré a reconocerme en el espejo y dime que volveré a ser feliz.

Han llamado al tiembre. Ya me voy. Acuérdate de regar las plantas, no dejes que se mueran, sobre todo el geranio, el del balcón, que fue lo primero que convirtió estas cuatro paredes en un hogar. Ojalá cuando llegue el verano haya vuelto a florecer. El geranio y yo.

Autora: Adriana F. Alcol

Fotografía: Pablo Iglesias

MICRORRELATO: “SIN LLAVERO”

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(…) Recuerdo que aquel día, cuando abandoné a quien había sido mi hogar durante tanto tiempo, lloré pensando que ese dolor solo era capaz de comprenderlo quien cierra la puerta habiendo dejado la llave al otro lado, sin la posibilidad de darle una doble vuelta por fuera para sentir mayor seguridad. Ahora el que había sido mi hogar estaba abierto y en ese momento yo era la única que me había quedado sin llavero. 

MICRORRELATO: “UN CAFÉ SOLO EN TAZA PEQUEÑA”

Un café y una tostada, siempre en el mismo bar, en la misma mesa. Desde ella puedo ver la calle Espíritu Santo, por la que pasas a diario sobre las once de la mañana. Entras y te pides un café solo en taza pequeña, me das los buenos días y nos miramos. Es nuestra rutina, jamás sobrepasamos esa frontera. Qué tendrá tu mirada que hace que cada día a las once de la mañana esté en esa mesa, con mi café y mi tostada con unas gotas de aceite cortada en cuadraditos, esperando a que abras esa puerta.

MICRORRELATO: “MAÑANA SERÁ OTRO DÍA”

Esto es Malasaña. Fotografía: Adriana Alcol

Era primavera, una de esas tardes en las que paseaba sola de camino a la calle Pez pensando que mi día ya había tocado a su fin. Y llegando a la esquina te vi. Me miraste, me sonreíste y me propusiste tomar una copa de vino en una de las terrazas de la calle San Bernardo. Terminamos viendo amanecer en el Templo de Debod y me devolviste la esperanza que meses antes había perdido: podía volver a ser feliz. Y con la misma ropa del día anterior, con ojeras y el pelo revuelto, me fui a trabajar con una sonrisa que consiguió convertir todo lo feo en verdadera belleza.

MICRORRELATO: “UNA VEZ ME ENAMORÉ EN LA PLAZA DOS DE MAYO”

Siempre he soñado con escribir un libro y puestos a soñar, siempre he soñado en hacerlo en Lisboa. Por el momento no vivo en esa maravillosa ciudad y escribo microrrelatos cuando alguna fotografía me inspira una historia, así que he decidido abrir esta nueva sección en el blog – “Microrrelatos” – que en más de una ocasión algunas personas me han sugerido que hiciese.

Ayer publiqué la primera, en la que os conté que una noche me enamoré en la Plaza Dos de Mayo:

Una vez me enamoré en la plaza Dos de Mayo. Era de noche y nos despedimos en la esquina del Pepe Botella. Recuerdo ese instante como uno de los más románticos de mi vida, en el que me permití soñar sin pensar en nada más. Vi como se alejaba en bicicleta pedaleando hacia San Bernardo y cuando le perdí de vista y comencé a caminar por la calle San Andrés en dirección contraria a la suya, supe que lo bonito de nuestro amor era que soñar se nos daba bien a los dos, pero eso era quizás lo único que teníamos en común. Y no nos volvimos a ver, porque tras esa noche, a los dos nos tocó abrir los ojos y dejar de imaginar mundos inexistentes.