Aunque ya no puedas recordarme

La luz entraba en la habitación formando pequeñas líneas intermitentes sobre la pared. La sábana blanca y desgastada dejaba entrever su cuerpo pálido, enclenque y arrugado, como su rostro, en el que asomaba una pequeña sombra en la zona de la barba. Mientras dormía, le acarició la escasa cabellera canosa que todavía resistía al paso del tiempo y le besó con dulzura la punta de la nariz.

“No me dejes sola, aunque ya no puedas recordarme”, le dijo tratando de no despertarle mientras él soñaba con ese día en el que, por primera vez, se besaron frente al mar.

Adriana F. Alcol

“Cómo no voy a querer coserte a besos con las balas que lanzas al corazón”

No soy una gran lectora de poesía, debo reconocerlo, pero la primera vez que escuché este vídeo de Paula Ramos Mederos recitando uno de los poemas de “Poetas de El Otro”, me llegó al alma. Me encanta su voz, su manera de transmitir y cómo se siente. De vez en cuando me lo pongo y sigue emocionándome como el primer día, así que aquí os lo dejo, para que vosotros también podáis disfrutarlo. Espero que os guste tanto como a mí.

 

Ayer, mientras subía en ascensor al piso de la decadencia, no paraba de pensar en nosotros. En que a veces te me haces cuesta arriba, como si tuviera que tirar de ambos para llegar a alguna parte. Y yo ya estoy muy cansada de tirar de mí.
Me iba genial con mi coraza, con mis besos a media asta, con vivir del recuerdo, o con él. Pero tenías que llegar, con sonrisas, y tenías que pedirme explicaciones sin hablar. Tú, que no comprendes que podría enamorarme tan fuerte, que tengo un cúmulo de distancias desbordado ya. Que ya no le quiero, y eso duele. Tú, que aún no lo sabes. Tú y tus mensajes a las cinco de la mañana diciéndome que soy  los minutos más bonitos de tu noche, aunque desaparezca antes de que enciendan las farolas.
He pasado por el bar para ir a clase. He salido tantas veces de él a estas horas, y qué distinto me parece. De madrugar y dejar el alcohol he aprendido que la vida es una mierda, que me sigue latiendo el pecho a ritmo de blues cuando nadie me oye, cuando es muy temprano para bailarte desnuda. Que prefiero la copa y la barra y arrastrarme por las aceras a esta cotidianeidad tan horrenda que parece tener absorta a la sociedad. ¿Qué clase de infelices pueden vivir así? Sin dolor, sin resaca, sin el sabor amargo de otra noche gastada y otro día perdido hasta las tres de la tarde. ¿Qué clase de infelicidad hay en ser feliz, en el equilibrio?

Cariño, anoche me enfundé los tacones para dejarte huella, me pinté los labios y me ricé el pelo; qué suerte que lo hayas notado, y qué mal que me den ganas de llamarte a estas horas. Te tengo prohibido tenerme de día. Mis fantasmas aparecen con el amanecer y no con la oscuridad. Me llevo tan mal con la luz… No quiero que me veas así, sangrante, dispuesta a dejarme arrollar por cualquier coche solo por no dar un paso más. Dame la mano que vienen curvas y te voy a besar.

Si me salvas de otra primavera, me quedo. Aunque suponga sumarle otro kilómetro a mi vida, aunque tenga que dejarme de nuevo la piel de serpiente para ser la niña que sonríe. Ya no sé si es pedirte perdón, o permiso, pero tú te preguntabas si había perdido tus labios de vista, y como no voy a querer coserte a besos con las balas que lanzas al corazón.

“La golondrina”, microrrelato en cincuenta palabras

LA GOLONDRINA

Ella le demostró su amor tatuándose su nombre en la muñeca. “Ahora necesitará algo a juego, ¿dónde te pondrás tú el mío?” Solo con mirarle a los ojos supo que él no lo haría. “Te tatuaré encima una golondrina que te recuerde siempre la libertad”, dijo el tatuador.

Adriana F. Alcol.

Con este microrrelato participé en el V Certamen de relatos YK; los requisitos eran que debía contener como máximo 50 palabras e incluir la expresión “Ahora necesitará algo a juego”. En el blog de “Autores Malditos” podéis leer a todos los participantes y en este enlace al (merecido) relato ganador.

Desde mi pequeño rincón virtual quería agradecer un año más a sus organizadores, Juan Manuel Sánchez e YK Accesorios, que lleven a cabo iniciativas tan bonitas como esta. Además, la lectura de los relatos se hizo en esta ocasión en la sala El Montacargas y fue todo un descubrimiento, con muchas actividades culturales (infantiles y para adultos) a las que os recomiendo que echéis un vistazo.

No tengas nunca miedo a escribir, ni al qué dirán, ni a la vergüenza de enfrentarte a las opiniones de los demás. Escribir es siempre una terapia maravillosa para alimentar el alma; siéntate frente a una página en blanco, imagina y moldea personajes en tu cabeza mientras tus dedos bailan sobre el teclado creando palabras que forman líneas que se convierten en historias. Déjate llevar, sin pudor, sin límites y sobre todo, disfruta de esta aventura que es la escritura.

 

Fotografía: pincha aquí

 

Carta de despedida en San Valentín

Este relato es del día en el que el corazón se me rompió en mil pedazos. Lo publico el día de San Valentín porque así celebro yo que incluso los pedazos más chiquitos se pueden recomponer. Espero que os guste.  💕

Ya lo he recogido todo. Parece mentira que después de cuatro años en esta casa toda mi vida quepa en cinco cajas y dos maletas. He dejado gran parte de mi ropa en el armario, puedes hacer con ella lo que quieras. Necesito desprenderme de todo lo que me recuerde a ti. Le he pedido al camión de la mudanza que venga temprano. No quiero cruzarme con nadie, no tengo fuerzas ni ánimos para explicar que me voy, que llegué a esta ciudad por amor y que me voy por amor propio.

Ahora veo el salón medio vacío. Me recuerda a la primera vez que llegamos aquí, cuando tú fruncías el ceño y no le veías muchas posibilidades a esta casa, que tenía las paredes pintadas de un color amarillo desgastado que parecía sucio y propio de un ex inquilino fumador. Yo solo veía unos enormes ventanales que daban a una calle soleada y a unos balcones llenos de geranios. Te bastó mi sonrisa y contarte que con una mano de pintura blanca y algunos detalles podía quedar muy acogedora para que decidieses que nos la quedábamos. Esa misma semana ya estábamos viviendo en una nueva ciudad en la que nos bastaba sentarnos en la plaza y beber una lata de cerveza para ser felices.

¿Qué nos ha pasado? Dime, ¿cuándo dejaste de quererme?

Entro en la habitación y pienso que tarde o temprano, en el lado derecho de la que ha sido nuestra cama durante tanto tiempo, habrá otra persona que apoye la cabeza en mi almohada, que se tape con mis sábanas y que te abrace.

¿Tardarás mucho en olvidarme por completo? ¿Me echarás de menos esta noche? Recuerdo cuando sonaba el despertador cada mañana y mientras estirábamos los minutos un poco más antes de levantarnos, me contabas todas las cosas que te decía en sueños. Eran conversaciones sin sentido, pero a ti siempre te hacían mucha gracia y me decías que a veces resultaba más simpática dormida que despierta.

Todavía estás a tiempo. Llámame. Dime que me quede.

Entro en el baño por última vez. Me miro en el espejo. Dios mío, estoy tan demacrada. En las estanterías todavía quedan algunas de mis cosas, ¿qué harás con ellas? Quiero pensar que me echarás de menos y que algún día abrirás el bote de crema y lo olerás, que te recordará a mi y te arrepentirás de que ya no esté aquí. Y si eso sucede, ¿qué estaré haciendo yo entonces?

Miro el reloj. En diez minutos habrá llegado el camión de la mudanza.

Voy a la cocina a beber un vaso de agua. Apenas hay comida en la nevera y hay platos sucios en el fregadero. Me imagino que hoy cenarás fuera de casa, que habrás quedado con alguien después de trabajar para estirar la noche y volver a casa tarde. No querrás ver que mis cinco cajas y dos maletas ya no están. Te acostarás sin encender las luces. Mañana será otro día. ¿De verdad esto es lo que quieres? ¿Ya no hay vuelta atrás?

Te has ofrecido a quedarte y ayudarme a bajarlo todo. Te he dicho que no, no podría soportarlo. Hace tiempo que ya no me miras a los ojos y cuando lo haces, tu mirada ya no es la misma. Está vacía, sin alma, sin vida. Me cuesta reconocerte, casi tanto como lo que me cuesta reconocerme a mi frente al espejo. Saco del bolso el llavero y comienzo a sacar las llaves una a una. Te las dejaré en el platito de la entrada y en cuanto termine la mudanza, cerraré la puerta de golpe. Exactamente como lo has hecho tú conmigo.

Me asomo a la ventana por última vez. Ya veo una pequeña furgoneta de mudanzas doblando la esquina. Imagino que será la mía porque les he explicado que no me llevaré muebles, ni una cama, ni una nevera. Creo que ya ha llegado la hora.

Espero poder dejar de quererte algún día. Dime que podré, por favor. Dime que volveré a reconocerme en el espejo y dime que volveré a ser feliz.

Han llamado al tiembre. Ya me voy. Acuérdate de regar las plantas, no dejes que se mueran, sobre todo el geranio, el del balcón, que fue lo primero que convirtió estas cuatro paredes en un hogar. Ojalá cuando llegue el verano haya vuelto a florecer. El geranio y yo.

Autora: Adriana F. Alcol

Fotografía: Pablo Iglesias

Sin llavero

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(…) Recuerdo que aquel día, cuando abandoné a quien había sido mi hogar durante tanto tiempo, lloré pensando que ese dolor solo era capaz de comprenderlo quien cierra la puerta habiendo dejado la llave al otro lado, sin la posibilidad de darle una doble vuelta por fuera para sentir mayor seguridad. Ahora el que había sido mi hogar estaba abierto y en ese momento yo era la única que me había quedado sin llavero. 

Un café solo en taza pequeña

Un café y una tostada, siempre en el mismo bar, en la misma mesa. Desde ella puedo ver la calle Espíritu Santo, por la que pasas a diario sobre las once de la mañana. Entras y te pides un café solo en taza pequeña, me das los buenos días y nos miramos. Es nuestra rutina, jamás sobrepasamos esa frontera. Qué tendrá tu mirada que hace que cada día a las once de la mañana esté en esa mesa, con mi café y mi tostada con unas gotas de aceite cortada en cuadraditos, esperando a que abras esa puerta.

Mañana será otro día

Esto es Malasaña. Fotografía: Adriana Alcol

Era primavera, una de esas tardes en las que paseaba sola de camino a la calle Pez pensando que mi día ya había tocado a su fin. Y llegando a la esquina te vi. Me miraste, me sonreíste y me propusiste tomar una copa de vino en una de las terrazas de la calle San Bernardo. Terminamos viendo amanecer en el Templo de Debod y me devolviste la esperanza que meses antes había perdido: podía volver a ser feliz. Y con la misma ropa del día anterior, con ojeras y el pelo revuelto, me fui a trabajar con una sonrisa que consiguió convertir todo lo feo en verdadera belleza.

Una vez me enamoré en la plaza Dos de Mayo

Siempre he soñado con escribir un libro y puestos a soñar, siempre he soñado en hacerlo en Lisboa. Por el momento no vivo en esa maravillosa ciudad y escribo microrrelatos cuando alguna fotografía me inspira una historia, así que he decidido abrir esta nueva sección en el blog – “Microrrelatos” – que en más de una ocasión algunas personas me han sugerido que hiciese.

Ayer publiqué la primera, en la que os conté que una noche me enamoré en la Plaza Dos de Mayo:

Una vez me enamoré en la plaza Dos de Mayo. Era de noche y nos despedimos en la esquina del Pepe Botella. Recuerdo ese instante como uno de los más románticos de mi vida, en el que me permití soñar sin pensar en nada más. Vi cómo se alejaba en bicicleta pedaleando hacia San Bernardo y cuando le perdí de vista y comencé a caminar por la calle San Andrés en dirección contraria a la suya, supe que lo bonito de nuestro amor era que soñar se nos daba bien a los dos, pero eso era quizás lo único que teníamos en común. Y no nos volvimos a ver, porque tras esa noche, a los dos nos tocó abrir los ojos y dejar de imaginar mundos inexistentes.