ACTUALIZACIÓN: MI VIDA SIN REDES SOCIALES

El 27 de diciembre de 2018 decidí cerrar mis redes sociales personales. Trabajo como community manager para diferentes clientes, por lo que no me puedo desvincular de ellas al 100%, pero la manera de verlas, de gestionarlas y de utilizarlas es completamente diferente y debo reconocer que el hecho de no disponer de cuentas relacionadas directamente con mi persona, me hace sentirme mucho más libre.

A pesar de que mis cuentas contaban con unos cuantos de miles de seguidores, como estaban relacionadas con este blog, no implicaban una sobreexposición de mi vida porque solía publicar más contenido relacionado con Madrid, pero sí es cierto que llegó un momento en el que si no actualizaba en unos cuantos días, me sentía en la obligación (creada única y exclusivamente por mí misma) de encontrar algo que resultase atractivo para publicar, aunque me generase una inmensa pereza.

Durante este tiempo sin redes sociales he aprendido que es imposible que todos los días de tu vida tengas algo interesante que contar y sentir que siempre tienes que tener algo que publicar, es una presión fácilmente evitable. Lo mismo sucede con esos perfiles que aunque no publiquen de manera constante, sus usuarios utilizan para fisgonear la vida de los demás: que creas que esas cuentas que te inspiran o que sigues en la sombra porque te provocan curiosidad – muchas veces con el único afán de cotillear – van a tener siempre un contenido que te remueva por dentro, en el fondo, sabes que no es cierto y en muchas ocasiones, me atrevería a decir que más de un 50%, son una pérdida de  tiempo. De TU tiempo.

Y aunque no estoy de acuerdo con esa corriente que dice que todo lo que han traído las redes sociales es negativo, sí que creo que llegaron a nuestras vidas como una avanlancha y que nadie nos enseñó cómo debían de utilizarse de una manera sana, porque en el fondo son como una droga, que enganchan, crean síndrome de abstinencia y alimentan nuestro lado más ególatra. Tal vez esta visión no la tengan todas las personas que me lean, porque muchas de ellas ya habrá nacido en la era digital, pero yo, que nací en los ochenta y me crié sin internet, sin ordenador en casa hasta finalísimos de los noventa, sin móvil hasta llegar a la universidad y que mi primera red social fue Fotolog (nada que ver con las redes sociales de hoy en día), creo que como con el alcohol, deberían advertir sobre lo conveniente que es su uso moderado.

Vivir sin redes ha implicado algunas cosas positivas y otras negativas; en cuanto al blog, ha perdido parte de su visibilidad (aunque esto también se debe a que lo actualizo con menos constancia) y eso ha implicado que ya no me hagan tantas propuestas de colaboración como me hacían antes; por una parte creo que no tener redes sociales ha influido, pero también creo que las marcas y las agencias ya no prestan tanta atención a los blogs y prefieren un storie de 15 segundos en un perfil con miles de seguidores (a veces incluso plagado de seguidores falsos) que un artículo bien redactado y maquetado. Así son las modas y así lo han sido siempre, dentro y fuera del mundo virtual, así que si no te adaptas, ya sabes a lo que te enfrentas y yo esto lo tenía más que asumido. Por otra parte debo decir que este año he tenido más trabajo que ningún otro, que me han surgido oportunidades que me han enseñado mucho y que he tratado de aprovechar al máximo posible, porque ya se sabe que la vida del freelance no suele ser muy estable y ahora cierro el curso escolar sin saber muy bien a qué me enfrentaré en septiembre.

Pero sin duda, una de las cosas que más me gusta de no tener redes sociales es que (re)aprendes a no tener la imperiosa necesidad de mostrar los retazos aparentemente más felices de tu día a día al mundo a través de una imagen en la que esperas likes o comentarios: leer, escribir, viajar, escuchar un concierto, disfrutar de unas cañas o pararte a mirar un paisaje sin acceder a la cámara de tu teléfono móvil, son pequeños placeres que parecía que había olvidado sin apenas darme cuenta, porque así actúan las redes sociales, como una droga que va enganchándote poquito a poco hasta que tienes un mono del que no resulta tan sencillo salirse.

Estos meses me han enseñado muchas cosas como aprender a valorar mi tiempo libre y a desconectar; ahora que me voy unos días de vacaciones, dejo en la oficina todos los aparatos electrónicos y me llevo únicamente libros y material de papelería, porque me he empeñado en aprender a hacer manualidades, y estos días los voy a dedicar a disfrutar de lo que me rodea y de lo que relamente me gusta, como hacía hace años, cuando el móvil solo servía para llamar por teléfono.

En mayor o en menos medida, todos tenemos tiempo para desconectar y disfrutar de nuestro ocio, pero a veces nos olvidamos y nos resulta más sencillo (o posiblemente, más mecánico) entrar desde el móvil y ver las vidas ajenas, ¿no crees que sería mucho mejor vivir la tuya sin necesidad de mostrársela a los demás? Al menos durante tus vacaciones, permítete el lujo de desaparecer, verás qué bien te sienta vivir sin más.

MI VIDA SIN REDES SOCIALES (I)

El día 27 de diciembre de 2018 comencé a vivir sin redes sociales personales. Trabajo como community manager y el mundo virtual ocupaba demasiado tiempo de mi día, así que prescindir de ellas como entretenimiento puedo deciros que, al menos hasta el momento, es la mejor decisión que he tomado en mucho tiempo.

Cuando me abrí este blog (año 2012) publicaba tres o cuatro posts de manera semanal, así que poco a poco empezó a tener un buen nivel de audiencia y las agencias de comunicación y alguna que otra marca comenzaron a enviarme invitaciones de prensa para eventos, preestrenos, etcétera. Al principio trataba de acudir a todo lo que me proponían y escribir una pequeña reseña, pero con el tiempo pasé a ser un poco más selectiva hasta que en 2018 apenas he acudido a ningún sarao, lo que implica que en este último año he ido recibiendo cada vez menos invitaciones y notas de prensa. Durante estos años mi vida y mis gustos han cambiado, ya no me interesan las mismas cosas y además tengo la suerte de que “Esto es Malasaña” jamás ha dejado de ser un hobbie (aunque alguna que otra vez me haya reportado alguna ganancia con posts patrocinados), por lo que nunca he sentido la presión de tener que escribir sobre algo que no quiero o en lo que no creo. ¿Que si esto ha afectado a mi audiencia? Por supuesto que sí, pero no voy a escribir sobre restaurantes o bares de moda si no acudo a ellos o  a hablaros de marcas que me ayudarían a posicionarme muy bien si no estoy de acuerdo con su filosofía o no me interesan los eventos que organizan, por muy instagrameables que sean.

Ahora que vivo sin redes sociales os diré que no he notado gran diferencia en la recepción de mails: las agencias de comunicación que me escribían habitualmente lo siguen haciendo (aunque por el momento no he recibido ninguna información que encaje con este blog y por ello no lo he publicado) y tal vez sí podría decir que han descendido los mails de pequeños comercios – la gran mayoría de ellos llegaban a mí a través de Facebook – pero de todas maneras algunos me han escrito a mi correo electrónico (estoesmalasana@gmail.com) y tengo varias visitas pendientes a locales que si me gustan, os hablaré de ellos en próximos artículos. Mi conclusión sobre este aspecto es que si el contenido de este blog gusta, no resulta complicado contactarme y aunque habrá marcas o negocios que dejen de escribirme porque lo que quieren es difusión en redes sociales, habrá quien valore el contenido de calidad en un blog que está bien posicionado en Google.

Y respecto a la vida fuera del ámbito profesional, me he dado cuenta de la cantidad de tiempo que perdía viendo las redes de personas que ni tan siquiera conozco. ¿Cómo es posible que nos cansemos tanto leyendo un libro y en cambio seamos capaces de engancharnos durante horas a plataformas que nos muestran vidas irreales cada vez más plagadas de publicidad encubierta? Os diré que desde que vivo sin redes sociales trabajo más centrada, mi tiempo libre parece que se ha duplicado porque me da tiempo a hacer más cosas, me concentro más cuando leo, veo una película o un documental y no rebusco el móvil en el bolso con tanta frecuencia e incluso lo dejo en la habitación mientras ceno o cuando voy a dar un paseo sin tener esa sensación de ansiedad por saber si alguien me ha escrito: las redes sociales siempre pueden esperar, por mucho que nos intenten hacer creer lo contrario.

No creo que las redes sociales sean malas, pero lo que sí que creo es que han llegado pisando tan fuerte que no hemos tenido tiempo a educarnos en su buen uso y caray, qué mal lo hacemos. Podría escribir un post interminable acerca de todo lo que he podido reflexionar sobre este tema estos días, pero me parece más interesante hacer una actualización cada mes para ver los cambios poco a poco. Como en el artículo anterior en el que os contaba que dejaría las redes sociales en 2019, me gustaría que me comentaseis vuestra visión, aunque dejar comentarios en un blog dicen que está demodé, a mí me sigue encantando recibirlos y ahora mismo es la manera que tengo de interactuar con vosotros.

¡Nos vemos por el mundo real!

EN 2019 VIVIRÉ SIN REDES SOCIALES

Cuando comencé este blog una de las cosas que más me preocupé en cuidar fueron las redes sociales: invertía mucho tiempo en pensar qué tipo de publicaciones podían interesar, investigaba el contenido de otras páginas similares, tenía activadas las notificaciones en el móvil para poder contestar los comentarios y los mensajes privados en el menor tiempo posible y lo cierto es que tanto en Facebook como en Twitter se creó una comunidad en la que todos aportábamos opiniones y debates a veces interesantes y otras veces incluso divertidos. Además, he tenido la inmensa suerte de no encontrarme con muchos comentarios negativos o irrespetuosos, algo que por desgracia veo en otros perfiles cada vez con más frecuencia. Pero aún con todo lo positivo que me han aportado, las redes sociales dejaron de divertirme hace mucho tiempo.

Trabajo como community manager para diferentes clientes y confieso que me gusta mucho mi trabajo. Afortunadamente ellos no entienden las redes sociales como un poste publicitario y valoran más el contenido de calidad que tratar de conseguir seguidores o me gustas a través de métodos poco fiables, pero aunque resulte complicado de entender, trabajar en las redes de clientes es precisamente eso, trabajo, y lo que hoy expongo en este post es mi punto de vista como usuaria, algo totalmente diferente, donde el uso que hago de las redes sociales no tiene nada que ver con mi faceta profesional.

Facebook fue durante mucho tiempo mi red social preferida: al principio las páginas de empresa, aunque con algunos matices, funcionaban de una manera muy similar a los perfiles personales, lo que implicaba que todo lo que publicabas podía llegar a un número muy elevado de personas, es decir, tu esfuerzo merecía la pena; pero con el paso de los años y con el interés por parte de Facebook de que las páginas invirtiesen en publicidad, poco a poco nos lo empezaron a poner más complicado  y cada vez nuestro alcance era menor, no llegando ni al 10% de nuestra audiencia. Finalmente, y como era de esperar, las páginas comenzaron a invertir en publicidad y a los usuarios esta plataforma le dejó de interesar porque sus muros se llenaron de anuncios. ¿Qué sucedió? Que Facebook pasó de moda y llegó Instagram, una red que aunque a título personal a día de hoy es la que más me entretiene, para este blog me resultaba muy poco útil porque no reconoce  los enlaces y por lo tanto es muy complicado que un usuario se salga de la aplicación para venir a leer el contenido que publico aquí.

Y luego está Twitter, una red social en la que encuentras a personas verdaderamente ingeniosas y también a todos los ofendidos del planeta: una mezcla que puede envenenarte o divertirte durante horas. Yo tiendo a ser de las segundas y aunque durante alguna temporada me ha dado por debatir sobre algunos temas, lo cierto es que lo utilizo más como usuaria pasiva.

Durante los últimos meses, poco a poco he ido desintoxicándome de la dependencia que generan las redes sociales sin apenas darnos cuenta y después de mucho tiempo pensándolo, este 2019 he decidido que voy a vivir sin redes sociales personales. Mi idea es ir contando mi experiencia en este blog (al que entiendo que apenas llegará público teniendo en cuenta que no voy a tener redes para difundir el contenido) y mostraros la evolución y el cambio de vida que va a implicar: en qué invertiré el tiempo que antes dedicaba a estar en las redes sociales, qué pros y qué contras le veo a esta decisión, qué opinarán las agencias de comunicación y si seguirán enviándome información para publicar o para acudir a eventos, si aunque no esté activa en las redes sociales la gente seguirá visitando esta página para interesarse por los artículos que escriba sobre Malasaña, etcétera.

Así que mañana día 27 de diciembre de 2018, procederé a cerrar mis perfiles de Facebook, Twitter e Instagram (y he puesto además en modo privado mis vídeos de Youtube para que tampoco puedan llegarme comentarios). Si me preguntas ahora qué creo que va a suceder, diría que llegará 2020 y que continuaré sin redes sociales, pero vamos a ver qué sucede.

Si te apetece y te pica la curiosidad, puedes dejarme en la sección de comentarios las dudas que te surjan o las preguntas que quieras que responda sobre este “reto” en el siguiente post. Y tú, ¿serías capaz de vivir sin redes sociales?